REFLEXIÓN SOBRE EL DÍA DE LA HOMOFOBIA

17 de mayo    ¡ Fuera LGTBIfobia !

Siempre tengo problemas de conciencia cuando llegan fechas como la de hoy, 17 de mayo, día contra la LGTBIfobia. Parece que tenemos que celebrar algo. No, que nadie se llame a engaño. Sigo pensando que hay motivos más que sobrados para concienciar a la gente sobre la lacra social de la intolerancia. Sigo pensando que la visibilidad del colectivo y la naturalización de la diversidad afectivo-sexual, o de la expresión e identidad de género, son las mejores medicinas para curar la enfermedad del odio. Mis problemas de conciencia no surgen ahí, surgen en la forma de concebir la conmemoración del acontecimiento. El 17 de mayo de 1990, es decir, hace 30 años, dejamos de ser enfermos mentales curables. Ahora sólo somos ciudadanos de segunda, tercera o, directamente reos de tortura y muerte, según el rincón del planeta en el que vivas ¿Hay que conmemorar algo? Yo creo que no, porque de lo que hablamos realmente es de adquirir lo que podría denominarse como el “status quo de nivel 0” en el la escala de “ciudadanía respetable”. Estamos hablando de exigir respeto a la diferencia para que no nos insulten, no nos apaleen, no nos maten, no nos nieguen el derecho a tener una familia, a amar a quien nos dé la gana, a expresarnos en el ámbito público en condiciones de igualdad con el resto de personas... y así un largo etcétera. Luchamos para que nos consideren ciudadanos, con derechos y obligaciones, como todo el mundo.

Me alegro mucho de que en algunos países del mundo, entre los que está España, ya no se pueda agredir al colectivo LGTBI en plena calle a la luz del día sin que ni siquiera las autoridades te hagan caso. También me alegro de que algunos podamos casarnos y formar familia. Pero que conste que las conciencias siguen sin cambiar y que todavía existen terapias para curar el mariconismo de desviados como nosotros, amparadas en creencias religiosas que disfrazan con el dogma y la fe un conjunto de prácticas que, por ser suaves, se parecen mucho a la tortura clásica y tradicional de toda la vida. Que conste que todavía hay que mirar alrededor antes de mostrar afecto en público si no quieres correr el riesgo innecesario ganarte una hostia bien dada, de perder el trabajo o de que te echen de tu casa. Y lo peor de todo: lo que hasta ahora percibíamos como tolerancia, como avance social, era una mera estrategia para no sufrir presiones de la terrible izquierda sectaria. Ahora, ser homófobo forma parte de ese proceso gradual de “desacomplejamiento” que está sufriendo cierto sector de la población, que antes no sabía cómo tomarse eso de que los maricones salieran a la calle a pasear sus indecencias. Ahora tienen claro que cuentan con el apoyo de un grupo de retrógrados lo suficientemente afianzados como para pedir que el orgullo acabe recluido en recintos cerrados ¡Limitemos la propagación de la indecencia! Esto es lo que estamos combatiendo, no lo que estamos celebrando. De hecho, cuando todo esto llegue a buen puerto, y espero que así sea, no habrá nada que celebrar salvo que la sociedad en su conjunto ha tomado conciencia de que los ciudadanos de segunda o tercera simplemente no existen.

DETRAS DE LOS TELONES

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